jueves, 27 de octubre de 2016
Cuento: "El loco"
-¿Oye y has leído a Kipling?
-No me vengái con huevadas.
-Y dale, ¿Cómo entonces leís a Borges?
-Ah, pero el argentino es universal.
-A Borges le encantaba Kipling.
-¿Y quién te dijo a vo que yo soy Borges? Ya, prende el cigarro mejor.
-¿No encontrái que fumái demasiado?
-Oh, qué andái latero.
-Ya, toma. Puta qué lindo el atardecer, ah.
-Sí.
-¿Te acordái de la Camilita?
-Sí.
-El otro día supe que andaba con tu hermano.
-Ah, sí. Pero yo me la comí primero. Oye se me apagó el cigarro.
-Mala suerte bro, era el último fósforo que me quedaba.
-¿Y por qué tan rancio?
-Me compré los Relatos de Kipling, si te conté ya.
-¡Y en eso se te va toda la plata!
-Me da lo mismo, me la da mi viejo y para esos fines, así que no me hueís.
-Qué suerte la tuya, hueón. Y más encima robas los de la biblioteca.
-¡Pero si les sale una cagada de plata!
-Tranquilo, yo te digo no más.
-Aparte tu andái robándolos pa puro revenderlos.
-¿De dónde sacaste eso?
-Fácil: andái con algo de plata y con muchos libros en la mochila.
-Ya ¿y?
-Esos libros no te los compraste. Ves. Biblioteca municipal, clarito dice, hueón.
-Pero lo mío es por urgencia, ya sabís que no encuentro pega y la plata me busca, me picotea.
-Por último, ¿te leíste éste?
-Sí.
-¡Pero si es de Kipling, mentiroso reculiado!
-A ver, deja de hueviarme tanto. Yo me consigo las monedas solo.
-Robando libros que no lees.
-El otro día nada más me dijiste que te robaste tres y aún te falta por leer los otros dos de Cortázar.
-Sé que algún día los leeré.
-Ya, ya, sí, sí.
-Sentémonos en la banca, tengo los pies pa la cagá.
-Sí, yo igual. Disculpe ¿Tiene fuego? Vale gracias.
-No me echís el humo en la cara, gay.
-Deja de ser tan perseguido, además también echái el humo a la cara de todos.
-Déjame ser indiscreto, mejor. ¿Por qué te gusta tanto Camus?
-¿Y a qué viene esto?
-Es una pregunta, nada más.
-Me gusta El extranjero.
-¿Te sentís extranjero?
-Quizás.
-¿De qué?
-De todo.
-Hueón mira: ¿es la Camila ésa?
-Mierda.
-Ése no es tu hermano.
-Puta malnacida. Bueno, me da igual. Se lo merece el hueón de mi hermano. Andemos un poco; tampoco es que quiera toparme con esa zorra.
-Espérate. Ahora es zorra, antes parecíai María llorándole en su puerta ¡Ay! Hueón, no me peguís en el estómago, sabí que tengo mal estado.
-Erís un pasado pa la punta.
-¡Teníai diecisiete! Ya pasó olvídalo.
-Ése día tenía diecisiete.
-¿Cómo eso?
- Desde el día siguiente no me sentí ni mal, ni bien. No sé. No sabría explicarte mucho.
-No fuiste a clases por todo el mes, lo recuerdo.
-¡Y qué rabia cuándo supe que ella había ido al día siguiente más sonriente que nunca!
-Ves ¿Cómo que no te sentiai mal?
-Me refiero a algo más interior.
-Pero explícate.
-Sé que ése día cumplía diecisiete, pero al otro día me sentía atemporal.
-Ya te estái poniendo.
-Es enserio, hueón.
-A ver, sigue.
-No tiene mucho más. Pero hasta ahora creo que no, que no siento que haya pasado el tiempo, como que ahí se estancó todo, sabes. Nunca sentí como… cómo se dice… sí, eso hueón, nunca antes tenía noción de linealidad de tiempo. O sea, sabía que una de dos o vivía más o me faltaba menos para morir, pero poco más. Claro.
-¿Entonces, a ver si te entendí, te sentís aún con diecisiete?
-No, es que no siento nada. Como que todavía estoy ahí parado fuera de su casa, como si fuera el llano o la pampa o cualquier hueá parecida pero nada de casas ni urbanidad ni nada.
-¿Quedaste traumado, hueón?
-No. No sé.
-Mira, ahí viene la Camila. Cacha, viene para acá. Y te está mirando. ¿Qué pensai hacer?
-¡Hola!
-Hola.
Septiembre del 2014
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