jueves, 27 de octubre de 2016

Cuento: "Cedra"



Cedra, como le decía su círculo más íntimo –y el más numeroso-, esbozó sus primeros textos ya pasados los diez años. Las Odas de Neruda le resultaban insufribles y seguramente escribía más que leía. La infancia fue normalucha. Su primera felicidad –o el bocado de éxtasis- llegó en el colegio: la biblioteca escolar había preparado un concurso de relatos. Los premios eran los siguientes: para el primer puesto: los dos tomos del diccionario de la rae más un libro a elección de la biblioteca, para el segundo: un par de libros de Isabel Allende que, en ese tiempo, pegaba mucho pero no se encontraba en librerías; para el tercer puesto sólo mención. Cedra tenía ya dieciséis años y una corta pero fecunda relación con la literatura.

A Cedra le cargaban sus compañeros; aunque no tuvo muchos encuentros con ellos porque sabía defenderse, aparte de su estatura más allá del promedio y poseía una fisonomía discreta pero desafiante. No le gustaba su pelo, negro ordinario, que parecía de una deformidad irracional –a ojos de él, claro-. Caminaba cabizbajo, subordinado quizás, pero ocultaba un narcisismo casi delirante.

Como era de imaginar: casi nadie se presentó al concurso. Sólo él y unos cinco o seis alumnos. Ni le importó. Mejor, tal vez, quién sabe. 

El relato que mandó extrañó bastante al bibliotecario. Básicamente era un trasunto descarado, un dardo a todo lo que le rodeaba. El argumento, de carácter simple, era más o menos la historia de un hombre solitario –no por gusto, sino por el azar- que todos los días recorría el centro, las plazas, con o sin pretexto. Una característica fundamental era la de asaltar a cualquiera en busca de un encendedor, guardándose el suyo en el bolsillo del pantalón, sólo para tener cierto contacto humano. Una noche decidió adentrarse directamente en las relaciones. Ancló la vista en la Plaza de Armas frente al Teatro de la UdeC y notó a una mujer, y la sintió igual a él. Ella estaba fumando. Luego de haberle pedido fuego despacito se sentó al lado de ella. Hablaron. Le dio su número y prometió contacto luego. Poco antes de llegar a su casa al hombre lo asaltaron, con resultado de muerte.

El bibliotecario, que llamaremos Javier, le dijo al joven que hojeaba las páginas de Pedro Páramo que por qué había escrito lo que había escrito. Pues porque me gusta el realismo, le dijo. 

No tardó Javier en hablar con la manada más culta del colegio acerca de Cedra. Esto lo supe por oídas, pero me parece completamente factible. El hecho es que el profe de filosofía lo leyó, la de historia y el de lenguaje. Un jueves a la salida del colegio el de filosofía abordó al muchacho y luego del rodeo necesario le preguntó al estudiante que por qué el final del relato. No sé, a mí me parece necesario, le dijo. Por qué. Siento que debería preguntarle cómo sabe del relato, aunque sea obvio. Es que quedó preocupado. Y qué ahora llamarán al psicólogo del colegio o qué. No, no; incluso todo lo contrario le gustó bastante, y a mi igual. Bueno gracias, profe, pero no sé qué puedo decirle. Qué libro estás leyendo ahora. Las manos sucias de Sartre. Ten cuidado con las lecturas, después empezarás a faltar al colegio y cosas así. No se preocupe profe, no sé ni quiero saber qué es lo que leo. Era broma, pero ahora en serio no todas las lecturas son en cualquier momento, si andas mal y lees a Camus, por ejemplo, no sé, no te lo recomiendo y te lo digo no ya como profe. Bueno, gracias, supongo; que esté bien, profe.

Esa tarde Cedra llegó, no vamos a decir desolado, pero sí algo triste a su casa. Se sentía adolescente en el peor sentido de la palabra: cuestionado, coartado. Una soga apretaba su garganta y sin saber por qué se echó a llorar. Al día siguiente hizo la cimarra. Siguió de largo hasta el centro y se arrastró por las superficies literarias de Concepción, hasta que llegó a la Plaza de Armas. Se acercó al Teatro a ver qué había y, una vez resuelto la interrogante monetaria, compró dos entradas para ver ese día El empresario de Mozart. Esperó hasta bien tarde a puro Nescafé. Finalmente ocupó ambas entradas.

Dejé de ir al colegio hace tiempo. Naturalmente todos, incluyéndome, olvidamos la existencia de ese relato al cabo de unas semanas. Ya pasado algunos años, y frente a la totalidad de sucesos que de mi vida hubiese podido narrar, preferí este, el de mi adolescencia; el otro día escarbando entre las cosas del colegio encontré la hoja con el relato y me sorprendió su profético lenguaje. Todos los tardes me encuentro pidiendo fuego a alguien de la Plaza.

Demás está decir que no gané ningún puesto, a pesar de que era segura la mención. Me han asaltado un par de veces, producto de mis empresas libertinas con alguna mina o por quedarme hasta tarde en el cine o en el teatro o puro fumando. Pero eso le puede pasar a cualquiera ¿no?


                                                                                                                            Septiembre del 2014

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